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Paralelo 52

Por Ernesto Borda.

Ernest Shackleton convocó la tripulación del Endurance para atravesar la Antártida por medio de una nota de prensa que decía: “Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo escaso. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura el regreso. Honor y reconocimiento en caso de éxito”.

La historia de sus epopeyas enseña que aventureros no son quienes esperan, sino quienes persiguen una invitación de tales connotaciones.  Gente para la cual enfrentar, resistir y superar la adversidad son a la vez la meta y el camino. Aquellos para quienes el verdadero desafío es poner a favor las circunstancias, incluso cuando están en contra. Ellos creen en el trabajo en equipo y tienen la habilidad emocional de preservar el entusiasmo aún en situaciones extremas.

Trabajo ayudando a grandes empresas a operar en contextos difíciles. Hacerlo es lo mismo que navegar el Atlántico Sur. Confirmé en esta travesía que los riesgos no residen en la fuerza del viento o en la inquietud de las aguas, sino en la falta de capacidad y de recursos para anticiparse a lo que viene, para adaptarse a las circunstancias y para capear las tormentas.  Administrar los riesgos significa tener la capacidad de prevenir, pero también la de controlar lo que pasa. Eso solo se logra con un grupo humano cohesionado, solidario y alegre, como el que tuve la satisfacción de integrar con experimentados navegantes de Colombia, Argentina y Uruguay para hacer la singladura de Punta Arenas a Las Malvinas en las últimas semanas.

Navegamos en vientos fuertes –incluso temporales-, con mar gruesa y blanca, de olas rompientes. Para recoger trapos hubo la necesidad de hacer maniobras en la proa y en medio de la oscuridad, lo que puso a prueba el coraje y habilidad de algunos y los nervios de otros.  Navegamos casi por estima, debido al desdén de nuestro avezado Capitán hacia los extraordinarios recursos que ofrece la tecnología para reconocer la localización, anticipar los obstáculos y determinar el rumbo efectivo.  Personalmente prefiero el uso de la electrónica y dejar los derroteros de papel, el compás, la regla y el lápiz como instrumentos de confirmación o redundancia.  Pero respeto la visión de Da Milano, quien navega con menos dependencia, listo para hacerlo “el día después”.

Fondear en Puerto Stanley no solo fue alentador.  También fue hondamente satisfactorio. Desconocidos casi todos tan solo días atrás, arribamos como cómplices de una travesía que dejó huellas perennes en cada uno de nosotros. Coincidimos, en nuestro epílogo, en que ni individual ni colectivamente somos los que zarpamos.  Esa es la consecuencia de navegar.   Siempre al echar el ancla hemos crecido.

Diciembre de 2013

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