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Memorias del Viento sobre la Fundación del Club Náutico El Portillo

Recientemente se presentó una feliz oportunidad en la que el comodoro actual del Club Náutico El Portillo, Giovanni Granada, se reunió con el primer comodoro, Jaime Loboguerrero, y otro de los comodoros insignes del club, Álvaro Sanjinés; que derivó rápidamente en una maravillosa conversación sobre diversos temas de la historia del Club. Entre risas, recuerdos, gaseosas y empanadas se fueron evocando momentos inolvidables en los que Loboguerrero no solo ofreció su hospitalidad sino que provocó con su chispa permanente el salto de un tema al otro, despertando al mismo tiempo los recuerdos que la mente de Sanjinés evoca con una precisión quirúrgica.
Desde luego, la fundación del Club –en la que los dos tuvieron un papel clave-es un episodio central que atrae la conversación desde muy diversos ángulos: el recuerdo de los primeros tiempos entrelaza personas con actividades, actitudes con logros, afición con anécdotas que se pueden contemplar con rayos de luz de diferentes colores, desde cada una de las aristas del multifacético prisma de sus protagonistas.
La gente
Alrededor del año 1967 se realizó el llenado de la represa de Tominé, que  el año siguiente ya estaba completa. Para esa época, había un grupo de muchachos estudiantes de la universidad de los Andes, aficionados a la navegación, buscando oportunidades para practicarla. Algunos servían de tripulantes en sus regatas a los navegantes “más afiebrados” de la época en el Club del Muña, como los señores Schoua, Antonio Paccini y algunos otros, entre los que se recuerda especialmente a Ernesto Henz, un navegante capaz y exitoso que realizaba un ritual que resultó para ellos inolvidable: antes de subir a su barco se desprendía de la prótesis de una de sus piernas. En este grupo vienen a la memoria nombres como Javier Ramírez, Fabio Castrillón, Gonzalo Reyes, Andrés Lisocki, Luis Concha, Fabio Castillo,  Gonzalo Caicedo y Fernando de La Concha, entre otros.
Pero no todos los uniandinos interesados en la navegación en ese momento eran tripulantes en El Muña: algunos otros se aficionaron a la práctica de la navegación de manera individual, familiar, o debido a su radicación en otros países donde la conocieron, especialmente Italia y Alemania. Posiblemente, un examen del profesor Ricardo Rueda en la Universidad de Los Andes fue el que conectó a esos dos grupos de aspirantes a ingenieros. Al terminar, los muchachos se juntaron en uno de los corredores a comentar sobre la prueba y luego algunos comenzaron a hablar sobre veleros, ante la sorpresa de Jaime Loboguerrero, quien luego de escucharlos atentamente por algunos minutos les dijo: “Hola: ustedes navegan a vela?….. pues, ¡yo también!”
De la manera más espontánea, la semilla del Club encontraba en esa conversación su mejor tierra para prosperar. Los astros estaban de su parte.
La idea
En realidad, lo más correcto es afirmar que no se puede adjudicar a una idea única la creación del Club. Sin embargo, hay dos acontecimientos que parecen haber marcado de manera muy fuerte la predisposición de los jóvenes profesionales para formar una organización independiente con un espíritu particular que hoy perdura y se proyecta hacia el futuro. El primero, fue un paseo inolvidable que se realizó cerca de la fecha de ese examen en la universidad. El grupo de amigos era muy unido y se reunía con gran frecuencia a realizar diferentes actividades; entre ellas, se inventaron un paseo al que fueron Álvaro Sanjinés, Juan Caicedo, Gonzalo Reyes y Emilio Toro entre otros: 10 jóvenes se fueron a acampar a la Isla Norte durante 5 días inolvidables, en los que navegaron en el Lightning de Gonzalo Reyes, el Fireball de Jaime Loboguerrero y la canoa de Emilio Toro, una inolvidable y única pieza que se recuerda entre carcajadas, pues tenía la misma forma de las canoas de los indios norteamericanos, aunque era de aluminio y tenía un motor lateral. El segundo acontecimiento fue la intempestiva salida de Gonzalo Reyes del Club del Muña navegando su propio velero, que terminó involucrando a todo el grupo en solidaridad con él en su postura, ante la intransigencia de las directivas, que no aceptaron ninguna solución de compromiso. Lo que terminó por decantarse en las cabezas de los amigos luego de ese episodio célebre fue una idea que mezclaba deseos de independencia, aventura, rebeldía, sueños e ilusiones, que se convirtió en el fundamento de lo que hoy es el Club Náutico El Portillo.
El símbolo
En ese proceso hubo un protagonista central que, al igual que ocurrió con el florero de Llorente en la independencia nacional, se convirtió en la piedra de la discordia: un barco llamado SINARA. Era propiedad del señor Alfonso López, socio del club del Muña y una de las figuras más relevantes en la política, las letras y la sociedad colombiana. El Sinara se convirtió en la posibilidad de concretar el sueño de tener un barco propio para un grupo de jóvenes estudiantes de ingeniería de la Universidad de Los Andes afiebrados por la navegación. Aunque todos hubieran querido comprarlo, Juan Caicedo, Gonzalo Reyes y Fabio Castrillón no podían hacerlo de manera individual, por lo que formaron una sociedad, con el fin adquirirlo a López entre los tres. Luego de lograrlo, se encontraron con un problema inesperado: las directivas y socios del club del Muña les informaron que era necesario comprar una acción para formalizar su presencia, mantener allí su barco y navegar; algo que en ese momento no estaba en sus planes sociales  ni a su alcance económico. En palabras de Jaime Loboguerrero: “Eso era como decirle hoy en día a un muchacho: usted tiene que poner veinte millones de pesos. Recién graduado… o sin graduarse, sin tener trabajo ni nada…”
La solución fue proponer alternativas a las directivas del club, que no se movieron un ápice de su posición institucional y así se lo hicieron saber a los sorprendidos nuevos poseedores del Sinara, enfrentándolos a la disyuntiva que marcó su destino y el de muchos a partir de ese punto: o compran acción, o no pueden navegar aquí. Álvaro Sanjinés resume la situación de los jóvenes en ese momento con toda la picardía de su sonrisa: …”en esa época todos estábamos estudiando, no teníamos ni un peso y la plata que se reunía era para ir a rumbear, no para gastar en acciones. Entonces dijimos no: hagamos un club nosotros.”
Las risas de quienes hoy recuerdan esos momentos reflejan la multiplicidad de sentimientos que afloran al recordar lo que esa decisión, en su momento tan simple y clara, ha venido a implicar en tantas esferas de sus propias vidas y de tantas otras familias. Por esa razón se refuerza la búsqueda del contexto en sus memorias: cómo se definió la ubicación del club, quiénes estaban en su fundación y tantos otros aspectos de los que surgieron los recuerdos que mantienen en las afortunadas cabezas de sus gestores esas emociones que a todos nos contagian.

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